Cuando uno camina lejos de la tierra conocida se siente lejos de uno mismo. En aquel lugar donde uno nace se esparce nuestra esencia de manera inconsciente. Dejamos impregnados de nosotros el lugar y sembramos semilla de futuro en el entorno.
Jamás podré dejar de sentir mi casa como mía, de cómo miles de voces, sentimientos y acciones han quedado grabadas en aquellos ladrillos, de cómo la pintura absorbió el sentir de mis manos cuando pensando en ti acariciaba la pared.
La soledad es más dura cuando uno deja de vivir donde nació, nada le parece cercano lejos de la cercanía. Me enredo al pensar que son solo bienes materiales, que tan solo son objetos. Me aferro a pulseras, dibujos que fueron hechos con el deseo de ser recordados y me afano al intentar desgarrar de mi vida todo eso.
Ese anillo que encierra en su circunferencia el deseo de eternidad, anillo que hoy hago girar sobre mi dedo cual planeta sobre el sistema solar. Me recuerda a ti, me recuerda a mí, me recuerda a lo que fui. Un recuerdo que me hace daño, que me desalienta en el deseo de esperar, que me impulsa a tirarme al mar y nadar sin descanso hasta…
Añoro más que nunca lo que fui y lo que soy no es consuelo, el futuro no me basta y el pasado cada vez se hace más grande, temo que me engulla.
Cambio el anillo de dedo, quiero acordarme de contarte esto cuando nos veamos, cuando los anillos roten al unísono sobre nuestro universo.

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